sábado, 25 de febrero de 2012

Angustia

Cuando uno se angustia, es normal entre las gentes la preocupación inmediata y las palabras de aliento que no sobrepasan un: ¡ánimo! Ya habrá tiempos mejores. Cuando la angustia se vuelve algo reiterativa, las gentes te recomiendan asistir a un psicólogo, que en razón de su sapiencia en los temas de la conducta humana, al parecer puede mejorar cualquier tipo de males del ánimo, como si se tratara de un chamán o brujo que puede curar lo interno del ser humano.
La tristeza y la angustia son las cantantes más populares en nuestra era, su música ha envuelto todo el concierto mundial, generando un fanatismo desmedido entre los cientos de seres humanos que se pelean por estar uno más triste que el otro. El llanto es la vestimenta más usada de esta nueva moda, y las entradas a pagar para los conciertos de estas famosillas cantantes, van desde la paga por las consultas psicológicas, psiquiátricas y los antidepresivos.
Los expertos del comportamiento humano nos dicen que la población mundial cada día está más triste. Los expertos en economía nos dicen que día a día el mercado de los fármacos del ánimo genera millones y millones de dólares. El cuadro no puede estar de mejor modo: estar triste genera millones de dólares al año, y los dueños del mundo están irónicamente felices con ello. Los cementerios también celebran la entrada de los tantos suicidas, y las ganancias de las funerarias crece cuando un infeliz ser humano se quita la vida.
Existen durante la existencia humana, tan sólo dos cosas extremadamente costosas en un corto plazo: ir a la universidad y morirse. De entre ambas, morirse genera un gasto estratosférico, si se piensa que lo que viene tras la muerte es un sinfín de gastos familiares, en tan sólo dos o tres días. Por ende, frenar los suicidios en la población mundial, es un mal negocio, y al parecer los expertos del comportamiento humano lo saben bastante bien (psicólogos y psiquiatras).
Tristes pasamos los humanos por el carrusel del tiempo, conscientes de que la vida es una porquería, pero evitamos pensarlo. La tristeza es el mejor negocio de la historia humana, como también lo son las enfermedades, y el sinfín de tragedias que pueden dañar la integridad de los hombres. El hombre vive gastando en su seguridad, y tal angustia reiterativa hace poderosos a los poderosos. El negocio de las armas genera portentosas ganancias a las empresas de la matanza humana; el negocio de las drogas genera el sustento económico y cultural de la política y el Estado de derecho, como también la delincuencia y los crímenes, ayudan a legitimar los gobiernos mundiales, la policía, la educación y la religión.
¿Qué sería de nosotros sin policías? ¿Qué sería de nosotros sin Estado?
Lo primero que se nos viene a la cabeza, es una completa desprotección. Nos enseñaron a desconfiar de nuestros pares, porque en algún momento los seres humanos se repartieron el mundo, generando que unos y otros se enemistaran por la falta de solvencia a las tantas necesidades que el hombre comenzó a inventarse. Y así, seguimos tristes… conformándonos con oír unos pocos humoristas, que logran hacernos reír no porque ellos sean felices, sino porque el negocio de la risa les ha sido bastante solvente.
Las tragedias son el comentillo de la plaza, y los noticieros se pelean por relatar el mal estado de la sociedad. Estos señores de la prensa, parecen entristecerse por las historias de indignidad humana que ellos mismos preparan, escondiendo que tras esas tristezas, en casa les esperan las mejores condiciones de vida que podamos imaginar, ya que con el sólo hecho de relatarnos las peores historias humanas se echan al bolsillo cuantiosos trozos de dinero, aludiendo que es la paga por su trabajo. Y de este modo, día a día nos enteramos que estamos mal, pero al parecer detenernos a pensarlo es demasiado, con saberlo nos basta y es mejor que sigamos viendo como los imitadores hacen gala de sus destrezas, la tele nos informa y nos desinforma a la vez.
La nueva ocupación de estar tristes incluso logra ser compatible con los cientos de trabajos que el hombre realiza, y todos ellos ayudan a que el ser humano se haga más triste aún.
El mundo empapado de muertes y tristezas, gira a duras penas, soportando el peso del desastre, y triste el mundo también se mueve desesperado, matando a unos cientos, erupciona ensimismado y mata otros cuantos, y ya cansado de regular sus estados fluviales, nos azota con sequías o lluvias que arruinan nuestras fuentes de alimentación. El mundo quisiera ahorcarse, pero el universo no cuenta con vigas donde colgar la soga, tampoco existen antidepresivos que puedan ayudarle, y este cáncer humano que corre por su cuerpo, no se detiene, y ya ha invadido hasta el último confín de sus entrañas.
En su interior caminan los hombres… pavimentado se halla su estómago, y su curso sanguíneo ha sido intervenido. En sus pulmones habitan las industrias, y el consumo mundial de sus partes vitales, se incrementa con el sólo afán de tener… la necesidad jamás fue saciada, la necesidad se habría ahorcado cuando a sabiendas de que ya no era necesaria, tuvo que emigrar con los pobres, y murió de pena viendo el egoísmo desmedido de los seres humanos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

De función

… y allí estaba frente a mí, y ambos a un lado del camino… fría era la mañana y frío también sus ojos, pero su belleza era única e inigualable. Traía tras ella a la Felicidad, que en los embates del amor desconocido se había enamorado de la Muerte, y ambas habían hecho de sí, una misma esencia, una misma causa y una sola alma.
Nos miramos fijamente, y un sentimiento de profunda tranquilidad invadió mi Ser, mientras mi cuerpo se resistía a ser tierra. Ambas me tomaron en sus brazos y con dulce susurro me dijeron: “Descansa ya de tus razones, que la verdad con nosotras no existe, ya nada volverá a perturbar tu existencia.” En ese momento pensé: la muerte no puede ser tan bella, tan angelical y tan indescriptiblemente ligera y placentera, no puede cantarme al oído, ni acariciar mi cabeza… ¿Acaso la muerte no lleva consigo cadenas, vestiduras negras y harapientas, y anda con su cuerpo famélico y frío, oliendo a flores podridas e inspirando temor?
La tibieza de su susurrante voz me hizo caer en un éxtasis… ¡me sentí en el aire! Nadie sostuvo mi cuerpo, nada me ataba al piso y nada cubría mi existencia, pues nada había para esconder. Descubrí por primera vez la libertad, y me compadecí de mi mismo por haber sido humano tanto tiempo… tal vez debí decidir acabar con mi humanidad mucho antes, pero la cobardía fue más fuerte.
Tan pronto una y otra vez los embates de aquel rito de transformación aniquilaban mi existencia carnal, recordé: ¿qué será de mi cuerpo pasado el umbral del fin de la existencia? Aquellas flores que decoraran mi tumba, aquellos llantos que harán insípido mi recuerdo, aquellas palabras que transformaran mi historia, aquellos ojos que harán morbo de mi pálido rostro… recordé que no quiero ser cliente del cementerio, ni ser tirado en un cajón que sobrepase el valor de un pan, ni que pidan permiso para sepultar mis propios restos, como si perteneciese a alguien, o como si profanare la tierra con mi carnal deposito. Tampoco quiero ritos de religiones fantasiosas, ni consuelo a mis deudos, porque a nadie he dejado deudor de mi existencia, ni he perpetrado negocio de relaciones personales… me han amado advirtiendo el riesgo de mi temprana muerte, y quiero respeto a mi fría carne cuando se haya ido el último aliento. No quiero ser expuesto a multitudes, ni tampoco que seres irrelevantes en mi vida se paseen frente a mis restos… no quiero traigan ofrendas inmerecidas de flores mortuorias para mi tumba… quiero que mi cuerpo vuele y sea ceniza en el viento… quiero ser polvo y no tierra, quiero ser fuego y no frío, quiero ser del aire y no de la tumba.   
Di espasmos y volví a caer al piso… de pronto dejé de sentir esa extraña libertad y ligereza, los dulces sonidos femeninos en mis oídos se esfumaron… comencé a sentir dolor en mis brazos y piernas, cada centímetro de mi piel lograba percibir el frío del piso y un hedor a sangre penetraba mis suspiros impidiéndome respirar libremente… en mis oídos muchas voces resonaban, y ante mis ojos luces parpadeaban… de pronto pude darme cuenta de donde estaba: allí estaba parado a un lado del camino, intentando tirarme frente a un auto y acabar con mi existencia… al parecer fui capaz de vencer el temor…  ¡lo hice!
Tras probar un bocadillo de muerte, volví para arreglar mi funeral antes de marcharme.